viernes, 20 de enero de 2012

LA SOLEDAD DE MI MIRAR



  Conformamos nuestro ser en función de la mirada en el otro. Espejo donde descubro realidades que me confirman la mía. ¿Por qué alguien ha de sentirse en soledad? Cuando la mirada retrocede y se posa en el ombligo de mi narcisismo, con excusas de algún espejo roto donde mi mundo se deslizó de puntillas extraviando a cada paso mares, océanos, tierras por descubrir...¿no es acaso la languidez de mi ojo la que eligió un reflejo equivocado? ¿Dónde se fue el mundo? o ¿dónde me fui yo? Los puentes que cruzaban mis caminos, mis relaciones, mis pensamientos...caen ilusorios como cristales donde las imágenes se devoran a sí mismas al contemplarse y retroceden, esta vez como fantasmas que visten mi carne en ese vacío espectral. Caricias siniestras, donde la mano es la prolongación del egoísmo de mi pequeño principito que se niega a crecer. ¿Y todo por qué? Por no querer ser habitante de la casa de los espejos donde a cada paso hay oportunidades de revestirnos de una efigie diferente. La soledad es una elección a cerrar esa puerta de cristal, fruto de mis miedos, mi dejadez, de mis pactos rotos en el silencio...replegar mis manos en el abrazo continuado de mi cuerpo, cultivo de mi sangre, de los restos simbólicos de mi amparo maternal. Elegir será mi destino: ¿Ser caldo de cultivo o campo de batalla?
Laura López psicóloga-psicoanalista
lauralopez@psicoanalistaenmalaga.com
                       610 865 355                        

martes, 17 de enero de 2012

¿EL SER HUMANO ES BUENO POR NATURALEZA?


   
  En su obra Tótem y tabú, Sigmund Freud explica el punto de partida de las organizaciones sociales, de las restricciones morales y la religión. En el hombre primitivo, en la horda fraterna, los hijos abrigaban sentimientos contradictorios hacia el padre que tan violentamente se oponía a su necesidad de poderío y a sus exigencias sexuales (pues era un rival con el cual disputa los favores de la madre y hermanas). Ese odio se contrarrestaba con la admiración y el amor. Los hermanos, expulsados por el padre, se reunieron un día, mataron al padre y devoraron su cadáver como modo de identificación con él, poniendo fin a esa horda fraterna. En esa unión llevaron a cabo lo que individualmente les hubiera sido imposible. Pero después de haber suprimido al padre y haber satisfecho su odio y su deseo de identificación con él, no había satisfacción plena de deseos, ya que no se cumplía el deseo primitivo de ocupar el lugar del padre. Había luchas posteriores entre ellos por ocupar ese lugar, por lo que no se llegaría a la organización de la sociedad. Aquí nació el remordimiento y el sentimiento de culpabilidad, imponiéndose sentimientos cariñosos, antes dominados por los hostiles.. 
    En psicoanálisis concebimos el aparato psíquico en torno a tres instancias: el yo, el ello y el super-yo. Estas tendencias agresivas se introyectan en el sujeto dirigidas hacia su propio yo, y se incorporan en calidad de super-yo. El super-yo asume la función de conciencia moral,y está destinado a vigilar los actos y las intenciones del yo, juzgándolos y ejerciendo una cautividad. El ello, entra en el orden de las pulsiones, instintos y deseos. Ya en el Malestar de la Cultura, Sigmund Freud expone que la cultura domina esa peligrosa inclinación instintual del individuo, debilitando a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por la instancia del super-yo, como los militares en una ciudad conquistada.
   ¿Hay una facultad original que discierna el bien del mal? Contemplamos que, muchas veces, lo malo, ni siquiera es nocivo o peligroso para el yo, sino por el contrario es algo que éste desea y que le procura placer, por lo que rechazamos esta premisa. Ha de haber una influencia ajena y externa destinada a establecer lo que es considerado como bueno o como malo: hablamos de la pérdida de amor.
   En un principio, cuando la moral aún no está instaurada, en la primera época infantil, vemos cómo disciernen el bien y el mal en base a esa pérdida de amor. No importa entonces si realmente haya hecho algo mal o no o si sólo se proponía hacerlo, en ambos casos aparecerá el peligro cuando la autoridad lo haya descubierto. Cuando el hombre pierde el amor del prójimo, de quien depende, pierde su protección frente a muchos peligros y ante todo se expone al riesgo que le demuestre su superioridad en forma de castigo. En algunos adultos no llega a modificarse, pues siempre que estén seguros de que la autoridad no los descubrirá o nada podrá hacerles, se permiten regularmente hacer cualquier mal que les ofrezca ventajas, de modo que su temor se refiere exclusivamente a la posibilidad de ser descubiertos.
    Es a partir de la internalización de la autoridad al establecerse el super-yo, a lo largo de la evolución del niño y por medio de la educación, que se habla de conciencia moral. Deja de actuar el temor a ser descubierto y la diferencia entre hacer y querer el mal, pues nada puede ocultarse ya ante el super-yo, ni siquiera los pensamientos. Aquí surge un sentimiento de culpabilidad inconsciente, derivado de la persistencia de los deseos,pues aunque se renuncie a los instintos, el deseo perdura. Hay una consecuente necesidad de castigo. Observamos en psicoanálisis cómo a veces una persona propicia una desgracia tras o otra, accidentes, incluso determinadas enfermedades...derivadas por ese sentimiento de culpa, es decir, también surge una necesidad de castigo. Sigmund Freud ya señaló la existencia de delincuentes por sentimiento de culpabilidad, donde la función paterna, por así decirlo, la ley, en su ausencia (padre demasiado blando o condescendiente), facilita la formación de un super-yo demasiado severo, que hace que se dirija esa agresión hacia el yo, realizando actos delictivos para la búsqueda del castigo y así aliviar el sentimiento de culpabilidad.
    El super-yo tortura al pecaminoso yo con las mismas sensaciones de angustia y está al acecho de oportunidades para hacerlo castigar por el mundo exterior (el destino es una sustitución del padre) Se comporta tanto más severa y más desconfiadamente cuanto más virtuoso es el hombre, teniendo en cuenta las tentaciones de satisfacer sus instintos a que están expuestos en grado particular, pues, como se sabe, la tentación no hace sino aumentar en intensidad bajo las constantes privaciones (de ahí la penitencia tan severa en algunas religiones).
   Cuando la “suerte” sonríe al hombre, la conciencia moral concede grandes libertades al yo, pero cuando la desgracia le golpea, hace examen de conciencia, reconoce sus pecados, eleva las exigencias de la moral, se impone privaciones y se castiga con penitencias. Pueblos enteros se han conducido y se siguen conduciendo de igual forma, remontándose en base a la fase infantil primitiva de la conciencia, que nunca se abandona (ejemplo el pueblo hebreo cuando fue exiliado).
  Vemos cómo ha influido esa primitivísima ambivalencia a lo largo de la historia de la humanidad, pues los hijos, aunque amaban al padre también lo odiaban, y una vez satisfecho el odio mediante la agresión, el amor volvió a surgir en el remordimiento consecutivo al hecho, erigiendo el yo por identificación con el padre, dotándolo del poderío de éste, como si con ello quisiera castigar la agresión que se le hiciera sufrir y estableciendo finalmente las restricciones destinadas a prevenir la repetición del crimen. Y como la tendencia agresiva contra el padre volvió a agitarse en cada generación sucesiva, también se mantuvo el sentimiento de culpabilidad, fortaleciéndose de nuevo con cada una de las agresiones contenidas y transferidas así al super-yo. Este conflicto se exacerba en cuanto al hombre se le impone la tarea de vivir en comunidad. El conflicto persiste en formas que dependen del pasado, reforzando y exaltando aún más el sentimiento de culpabilidad.
    La cultura obedece a una pulsión erótica que le obliga a unir a los hombres en una masa íntimamente amalgama, y sólo puede alcanzar este objetivo mediante la constante y progresiva acentuación del sentimiento de culpabilidad, porque limita los instintos. El proceso que comenzó con el padre, concluye en relación con la masa. El superyo cultural ha elaborado sus ideales y erigido sus normas. Entre éstas, las que se refieren a las relaciones de los seres humanos entre sí están comprendidas en el concepto de ética. El problema consiste en eliminar el mayor obstáculo con que tropieza la cultura, es decir, la tendencia constitucional de los hombres a agredirse mutuamente y no es sino a través del amor, el sentimiento que nos humaniza y nos hace entrar en la civilización. En palabras de Sigmund Freud: "Si no quisiéramos ser tan buenos, seríamos mejores".
Laura López psicóloga-psicoanalista
lauralopez@psicoanalistaenmalaga.com
                       610 865 355                        


domingo, 8 de enero de 2012

CAMINO DE LA FELICIDAD



    La vida parece una cuesta empinada que subir, la cual nos depara sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para sobrellevarla, utilizamos tres modos de sostén como paliativos: distracciones poderosas, que nos hacen ver la vida en tintes dorados (como por ejemplo la actividad científica), satisfacciones sustitutivas, como el arte y, por último, los narcóticos, que modifican nuestro quimismo para hacernos insensibles a los sufrimientos de la vida.
    Dentro de la vanidad antropocéntrica o ese narcisismo del ser humano, se plantea el objeto de su vida, cuál es su valor y es la religión la que lo plantea. Hay una cuestión en la que los fines y propósitos de todo sujeto se unen en un punto: sostenerse sobre las crines del caballo alado de la felicidad. El homnbre, en su incesante caminar sobre las insondables mareas, aspira unirse a ella, como amantes con lazo inmortal, guiar sus conductas, su existencia, conforme a dos maneras de afrontar su realidad: evitar el dolor y el displacer y experimentar intensas sensaciones placenteras.
¿En el arte de vivir, hay un ideal de felicidad? El anhelo de la persistencia de una situación, bien podríamos tildarla de ello. ¿Pero no nos envuelve sólo acaso una sensación de tibio bienestar? En el contraste, es donde gozamos y fenómenos episódicos de felicidad nos lo brinda la satisfacción de necesidades acumuladas que han alcanzado cierta elevación. He aquí las pinceladas del principio del placer, que ha de tornarse para la persona en principio de realidad cuando la satisfacción ilimitada de todas las necesidades significa preferir el placer a la prudencia.
   Si el escapar de la desgracia y del sufrimiento, hace sumir a la persona en un halo de felicidad más que incluso la sensación del logro del placer, cabe mencionar cuáles son los designios por los que subvierte al sufrimiento el ser humano: el propio cuerpo (destinado a sumirse a su deterioro), el mundo exterior y las relaciones con otros humanos.
   Como métodos para evitar la embestida atemporal del sufrimiento y sumirlo en un halo de reposada felicidad, se encuentra un aislamiento voluntario, tanto de las relaciones humanas como del exterior, que en la pasividad de las formas, puede correr el riesgo de convertirse en un ermitaño que vuelve la espalda a este mundo, donde la realidad se convierte es el peor enemigo. Se deja abandonar por la locura de su propio imaginario, donde no hay cabida a construir un nuevo mundo y sustituir aquello que no tolera por algo más acorde a sus propios deseos.
   Pensar que el sufrimiento no es más que una sensación, en tanto que sólo existe porque lo sentimos, lleva al individuo a las más variadas intoxicaciones donde el fin es impedir percibir estímulos desagradables. Es una manera también de huir con torpe paso de gigante de la realidad, enervando las energías necesarias para mejorar la suerte humana.
   Cuando el mundo exterior nos priva de la felicidad, una manera de evitar el dolor es dominar las fuentes internas de nuestras necesidades. Ya la sabiduría oriental y el yoga nos llevan a la quimera de la felicidad en el reposo absoluto, donde lograrla significaría abandonar otras actividades, con la innegable limitación de las posibilidades de placer.
   Sublimar, donde la técnica del artista lo lleva a acrecentar su satisfacción en aras del placer del trabajo psíquico e intelectual, pero no hay una protección completa contra el sufrimiento.
Hacer del amor sexual el centro de todas las cosas, donde amar y ser amado se alza como el prototipo de nuestras apreciaciones de la felicidad,. Pero jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando hemos perdido el objeto amado.
  Gozar de la belleza de las cosas ¿nos hace olvidarnos de la miseria real?
  Marcar un universal de felicidad es como imponer una forma de vivir a cada individuo. Podemos obtener distintos caminos, o bien la obtención del placer, o evitar el dolor. Pero la felicidad depende, en última instancia, de la suma de la satisfacción real que se puede esperar del mundo exterior, de la medida en que se incline a independizarse de éste y de la fuerza para modificarla según nuestros deseos.
   Si partimos de la definición de Sigmund Freud de lo que es un hombre sano, aquel que es capaz de amar y trabajar ¿no es acaso eso felicidad? La transformación de la realidad si no nos satisface, el encuentro con los otros, donde el amor nos civiliza, nos une en el trabajo para alcanzar el bienestar de la humanidad ¿no nos pone a salvo de la neurosis, la psicosis,la intoxicación de sustancias y nos proporciona una inestimable fuente de autoestima?
   Como un buen inversor, a lo largo de nuestra existencia, nuestro capital ha de estar distribuido en diferentes aspectos en el transcurrir del río de nuestra vida, donde soportar la incertidumbre del hecho de que el éxito jamás está asegurado, nos hará disfrutar en el camino, como en la maravillosa metáfora del poema de Ítaca de Konstandinos Kavafis: “Cuando partas hacia Ítaca, piede que tu camino sea largo, rico en aventuras y conocimiento...Lleva a Ítaca siempre en tu pensamiento, llegar a ella es tu destino. No apresures el viaje, mejor que dure muchos años y viejo sea cuando a ella llegues, rico con lo que has ganado en el camino sin espera que Ítaca te recompense. A Ítaca debes el maravilloso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino y ahora nada tiene para ofrecerte. Si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó. Hoy que eres sabio, y en experiencias rico, comprendes qué significan las Ítacas.” La felicidad, al fin y al cabo, es una argucia del sistema capitalista, donde en la obtención del brillo de lo establecido, supones alcanzarla...pero el goce es una posibilidad del trabajo humano.
Laura López psicóloga-psicoanalista
lauralopez@psicoanalistaenmalaga.com
                       610 865 355