domingo, 8 de enero de 2012

CAMINO DE LA FELICIDAD



    La vida parece una cuesta empinada que subir, la cual nos depara sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para sobrellevarla, utilizamos tres modos de sostén como paliativos: distracciones poderosas, que nos hacen ver la vida en tintes dorados (como por ejemplo la actividad científica), satisfacciones sustitutivas, como el arte y, por último, los narcóticos, que modifican nuestro quimismo para hacernos insensibles a los sufrimientos de la vida.
    Dentro de la vanidad antropocéntrica o ese narcisismo del ser humano, se plantea el objeto de su vida, cuál es su valor y es la religión la que lo plantea. Hay una cuestión en la que los fines y propósitos de todo sujeto se unen en un punto: sostenerse sobre las crines del caballo alado de la felicidad. El homnbre, en su incesante caminar sobre las insondables mareas, aspira unirse a ella, como amantes con lazo inmortal, guiar sus conductas, su existencia, conforme a dos maneras de afrontar su realidad: evitar el dolor y el displacer y experimentar intensas sensaciones placenteras.
¿En el arte de vivir, hay un ideal de felicidad? El anhelo de la persistencia de una situación, bien podríamos tildarla de ello. ¿Pero no nos envuelve sólo acaso una sensación de tibio bienestar? En el contraste, es donde gozamos y fenómenos episódicos de felicidad nos lo brinda la satisfacción de necesidades acumuladas que han alcanzado cierta elevación. He aquí las pinceladas del principio del placer, que ha de tornarse para la persona en principio de realidad cuando la satisfacción ilimitada de todas las necesidades significa preferir el placer a la prudencia.
   Si el escapar de la desgracia y del sufrimiento, hace sumir a la persona en un halo de felicidad más que incluso la sensación del logro del placer, cabe mencionar cuáles son los designios por los que subvierte al sufrimiento el ser humano: el propio cuerpo (destinado a sumirse a su deterioro), el mundo exterior y las relaciones con otros humanos.
   Como métodos para evitar la embestida atemporal del sufrimiento y sumirlo en un halo de reposada felicidad, se encuentra un aislamiento voluntario, tanto de las relaciones humanas como del exterior, que en la pasividad de las formas, puede correr el riesgo de convertirse en un ermitaño que vuelve la espalda a este mundo, donde la realidad se convierte es el peor enemigo. Se deja abandonar por la locura de su propio imaginario, donde no hay cabida a construir un nuevo mundo y sustituir aquello que no tolera por algo más acorde a sus propios deseos.
   Pensar que el sufrimiento no es más que una sensación, en tanto que sólo existe porque lo sentimos, lleva al individuo a las más variadas intoxicaciones donde el fin es impedir percibir estímulos desagradables. Es una manera también de huir con torpe paso de gigante de la realidad, enervando las energías necesarias para mejorar la suerte humana.
   Cuando el mundo exterior nos priva de la felicidad, una manera de evitar el dolor es dominar las fuentes internas de nuestras necesidades. Ya la sabiduría oriental y el yoga nos llevan a la quimera de la felicidad en el reposo absoluto, donde lograrla significaría abandonar otras actividades, con la innegable limitación de las posibilidades de placer.
   Sublimar, donde la técnica del artista lo lleva a acrecentar su satisfacción en aras del placer del trabajo psíquico e intelectual, pero no hay una protección completa contra el sufrimiento.
Hacer del amor sexual el centro de todas las cosas, donde amar y ser amado se alza como el prototipo de nuestras apreciaciones de la felicidad,. Pero jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando hemos perdido el objeto amado.
  Gozar de la belleza de las cosas ¿nos hace olvidarnos de la miseria real?
  Marcar un universal de felicidad es como imponer una forma de vivir a cada individuo. Podemos obtener distintos caminos, o bien la obtención del placer, o evitar el dolor. Pero la felicidad depende, en última instancia, de la suma de la satisfacción real que se puede esperar del mundo exterior, de la medida en que se incline a independizarse de éste y de la fuerza para modificarla según nuestros deseos.
   Si partimos de la definición de Sigmund Freud de lo que es un hombre sano, aquel que es capaz de amar y trabajar ¿no es acaso eso felicidad? La transformación de la realidad si no nos satisface, el encuentro con los otros, donde el amor nos civiliza, nos une en el trabajo para alcanzar el bienestar de la humanidad ¿no nos pone a salvo de la neurosis, la psicosis,la intoxicación de sustancias y nos proporciona una inestimable fuente de autoestima?
   Como un buen inversor, a lo largo de nuestra existencia, nuestro capital ha de estar distribuido en diferentes aspectos en el transcurrir del río de nuestra vida, donde soportar la incertidumbre del hecho de que el éxito jamás está asegurado, nos hará disfrutar en el camino, como en la maravillosa metáfora del poema de Ítaca de Konstandinos Kavafis: “Cuando partas hacia Ítaca, piede que tu camino sea largo, rico en aventuras y conocimiento...Lleva a Ítaca siempre en tu pensamiento, llegar a ella es tu destino. No apresures el viaje, mejor que dure muchos años y viejo sea cuando a ella llegues, rico con lo que has ganado en el camino sin espera que Ítaca te recompense. A Ítaca debes el maravilloso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino y ahora nada tiene para ofrecerte. Si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó. Hoy que eres sabio, y en experiencias rico, comprendes qué significan las Ítacas.” La felicidad, al fin y al cabo, es una argucia del sistema capitalista, donde en la obtención del brillo de lo establecido, supones alcanzarla...pero el goce es una posibilidad del trabajo humano.
Laura López psicóloga-psicoanalista
lauralopez@psicoanalistaenmalaga.com
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