martes, 17 de enero de 2012

¿EL SER HUMANO ES BUENO POR NATURALEZA?


   
  En su obra Tótem y tabú, Sigmund Freud explica el punto de partida de las organizaciones sociales, de las restricciones morales y la religión. En el hombre primitivo, en la horda fraterna, los hijos abrigaban sentimientos contradictorios hacia el padre que tan violentamente se oponía a su necesidad de poderío y a sus exigencias sexuales (pues era un rival con el cual disputa los favores de la madre y hermanas). Ese odio se contrarrestaba con la admiración y el amor. Los hermanos, expulsados por el padre, se reunieron un día, mataron al padre y devoraron su cadáver como modo de identificación con él, poniendo fin a esa horda fraterna. En esa unión llevaron a cabo lo que individualmente les hubiera sido imposible. Pero después de haber suprimido al padre y haber satisfecho su odio y su deseo de identificación con él, no había satisfacción plena de deseos, ya que no se cumplía el deseo primitivo de ocupar el lugar del padre. Había luchas posteriores entre ellos por ocupar ese lugar, por lo que no se llegaría a la organización de la sociedad. Aquí nació el remordimiento y el sentimiento de culpabilidad, imponiéndose sentimientos cariñosos, antes dominados por los hostiles.. 
    En psicoanálisis concebimos el aparato psíquico en torno a tres instancias: el yo, el ello y el super-yo. Estas tendencias agresivas se introyectan en el sujeto dirigidas hacia su propio yo, y se incorporan en calidad de super-yo. El super-yo asume la función de conciencia moral,y está destinado a vigilar los actos y las intenciones del yo, juzgándolos y ejerciendo una cautividad. El ello, entra en el orden de las pulsiones, instintos y deseos. Ya en el Malestar de la Cultura, Sigmund Freud expone que la cultura domina esa peligrosa inclinación instintual del individuo, debilitando a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por la instancia del super-yo, como los militares en una ciudad conquistada.
   ¿Hay una facultad original que discierna el bien del mal? Contemplamos que, muchas veces, lo malo, ni siquiera es nocivo o peligroso para el yo, sino por el contrario es algo que éste desea y que le procura placer, por lo que rechazamos esta premisa. Ha de haber una influencia ajena y externa destinada a establecer lo que es considerado como bueno o como malo: hablamos de la pérdida de amor.
   En un principio, cuando la moral aún no está instaurada, en la primera época infantil, vemos cómo disciernen el bien y el mal en base a esa pérdida de amor. No importa entonces si realmente haya hecho algo mal o no o si sólo se proponía hacerlo, en ambos casos aparecerá el peligro cuando la autoridad lo haya descubierto. Cuando el hombre pierde el amor del prójimo, de quien depende, pierde su protección frente a muchos peligros y ante todo se expone al riesgo que le demuestre su superioridad en forma de castigo. En algunos adultos no llega a modificarse, pues siempre que estén seguros de que la autoridad no los descubrirá o nada podrá hacerles, se permiten regularmente hacer cualquier mal que les ofrezca ventajas, de modo que su temor se refiere exclusivamente a la posibilidad de ser descubiertos.
    Es a partir de la internalización de la autoridad al establecerse el super-yo, a lo largo de la evolución del niño y por medio de la educación, que se habla de conciencia moral. Deja de actuar el temor a ser descubierto y la diferencia entre hacer y querer el mal, pues nada puede ocultarse ya ante el super-yo, ni siquiera los pensamientos. Aquí surge un sentimiento de culpabilidad inconsciente, derivado de la persistencia de los deseos,pues aunque se renuncie a los instintos, el deseo perdura. Hay una consecuente necesidad de castigo. Observamos en psicoanálisis cómo a veces una persona propicia una desgracia tras o otra, accidentes, incluso determinadas enfermedades...derivadas por ese sentimiento de culpa, es decir, también surge una necesidad de castigo. Sigmund Freud ya señaló la existencia de delincuentes por sentimiento de culpabilidad, donde la función paterna, por así decirlo, la ley, en su ausencia (padre demasiado blando o condescendiente), facilita la formación de un super-yo demasiado severo, que hace que se dirija esa agresión hacia el yo, realizando actos delictivos para la búsqueda del castigo y así aliviar el sentimiento de culpabilidad.
    El super-yo tortura al pecaminoso yo con las mismas sensaciones de angustia y está al acecho de oportunidades para hacerlo castigar por el mundo exterior (el destino es una sustitución del padre) Se comporta tanto más severa y más desconfiadamente cuanto más virtuoso es el hombre, teniendo en cuenta las tentaciones de satisfacer sus instintos a que están expuestos en grado particular, pues, como se sabe, la tentación no hace sino aumentar en intensidad bajo las constantes privaciones (de ahí la penitencia tan severa en algunas religiones).
   Cuando la “suerte” sonríe al hombre, la conciencia moral concede grandes libertades al yo, pero cuando la desgracia le golpea, hace examen de conciencia, reconoce sus pecados, eleva las exigencias de la moral, se impone privaciones y se castiga con penitencias. Pueblos enteros se han conducido y se siguen conduciendo de igual forma, remontándose en base a la fase infantil primitiva de la conciencia, que nunca se abandona (ejemplo el pueblo hebreo cuando fue exiliado).
  Vemos cómo ha influido esa primitivísima ambivalencia a lo largo de la historia de la humanidad, pues los hijos, aunque amaban al padre también lo odiaban, y una vez satisfecho el odio mediante la agresión, el amor volvió a surgir en el remordimiento consecutivo al hecho, erigiendo el yo por identificación con el padre, dotándolo del poderío de éste, como si con ello quisiera castigar la agresión que se le hiciera sufrir y estableciendo finalmente las restricciones destinadas a prevenir la repetición del crimen. Y como la tendencia agresiva contra el padre volvió a agitarse en cada generación sucesiva, también se mantuvo el sentimiento de culpabilidad, fortaleciéndose de nuevo con cada una de las agresiones contenidas y transferidas así al super-yo. Este conflicto se exacerba en cuanto al hombre se le impone la tarea de vivir en comunidad. El conflicto persiste en formas que dependen del pasado, reforzando y exaltando aún más el sentimiento de culpabilidad.
    La cultura obedece a una pulsión erótica que le obliga a unir a los hombres en una masa íntimamente amalgama, y sólo puede alcanzar este objetivo mediante la constante y progresiva acentuación del sentimiento de culpabilidad, porque limita los instintos. El proceso que comenzó con el padre, concluye en relación con la masa. El superyo cultural ha elaborado sus ideales y erigido sus normas. Entre éstas, las que se refieren a las relaciones de los seres humanos entre sí están comprendidas en el concepto de ética. El problema consiste en eliminar el mayor obstáculo con que tropieza la cultura, es decir, la tendencia constitucional de los hombres a agredirse mutuamente y no es sino a través del amor, el sentimiento que nos humaniza y nos hace entrar en la civilización. En palabras de Sigmund Freud: "Si no quisiéramos ser tan buenos, seríamos mejores".
Laura López psicóloga-psicoanalista
lauralopez@psicoanalistaenmalaga.com
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