domingo, 13 de enero de 2019

LA TIRANÍA DEL BIEN



En muchas ocasiones, la bondad o la maldad están cercenados a un criterio de la moral que en nada tienen en cuenta los deseos y las necesidades humanas. No olvidemos que, ante la exigencia de la moral cultural, se establece el pliegue de la doble moral, donde lo que está permitido para el hombre no está permitido a la mujer. Hay una hipocresía en cuanto a los deseos y necesidades que, cuando son rechazados, producen curvas del deseo y manifestaciones que pueden llegar incluso a suscitar trastornos psíquicos, culpa, insatisfacción...
Hay una ética del deseo que está por encima de la moral que se dicta en cada época, y que habla de la realidad humana. La sinceridad para con uno mismo tiene que ver con la tolerancia respecto a lo que en todos los seres humanos habita. Si en otra persona aparece, es que eso también habla de mí.
Abanderados de la justicia y el bien, se cometen las mayores maldades. Querer imponer “el bien” también es querer fastidiar al otro, entrar en una tiranía. Cuando ese bien habla realmente de una forma de vivir, un exaltación de un derecho de unos pocos individuos que proclaman la homogeneidad, no la diferencia. En el desarrollo infantil no existen las diferencias, hay un momento en el que ha de incluirse para hacer un viraje al mundo. ¿Puede ser que aún estemos en esa sexualidad infantil y no podamos establecer una sexualidad adulta, a través de la palabra y la inclusión de lo diferente?
El derecho social se erige en base a la envidia, con esa renuncia personal, individual por el bien común. Si el traje está destrozado, poner un parche resulta ridículo, hay que transformar las bases y no es posible sin una lectura del ser humano, de la afectividad reprimida que hace juego en el tablero y ciega el Estado de Derecho. No somos pequeños animales inofensivos y necesitados de amor a los otros. Estos siempre son un motivo de tentación para satisfacer la agresividad, ser explotado laboralmente, apoderarse de lo que es suyo, aprovecharse sexualmente sin su consentimiento, ocasionarle sufrimientos... Al ser humano no le es fácil renunciar a la satisfacción de las tendencias agresivas.
Los grupos se vinculan amorosamente (vemos desde Freud que es a través de la teoría de la libido, esos lazos invisibles que mantienen unidas a las personas), de manera que esas pequeñas diferencias que siempre generan cierta hostilidad, agresividad (es constitutiva en el ser humano), se descargan en otros ajenos a ese grupo. Es el narcisismo de las pequeñas diferencias, como un medio de satisfacer las tendencias agresivas facilitando la cohesión de los miembros de esa comunidad (ej. pueblos vecinos que establecen rivalidad, equipación de fútbol...). Pero rivalidad no es odio, no confundamos.
Hay una miseria psicológica de las masas, donde las fuerzas de cohesión se realizan entre identificaciones mutuas mientras que los dirigentes no asumen ese papel importante a desempeñar en la formación de la grupalidad.
Entre los pueblos, entre nosotros, no nos conocemos y nos comprendemos tan poco, que se puede llegar a resolver, llenos de odio y aborrecimiento, a ir unos contra otros. Se desgarra toda solidaridad, amenazando con dejar tras de sí un quiste que se hará imposible su reanudación.
No queramos eliminar lo diferente, porque genera agresividad, cuando se empiezan a escuchar voces, ideologías distintas que pugnan por salir. Hay una represión que hace difícil la existencia a la mayoría de las organizaciones humanas, contribuyendo a apartarse de la realidad y la formación de la neurosis, en detrimento del desarrollo de la civilización.
Somos un crisol de culturas, de lo diferente, de lo masculino y lo femenino que es lo que nos enriquece realmente.
El sentido de la evolución cultural es una lucha entre Eros y tánatos, pulsión vida y pulsión de destrucción, esta lucha es la esencia de la especie humana y la evolución cultural es la lucha de la especie humana por la vida.
Laura López, Psicoanalista Grupo Cero
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