jueves, 29 de agosto de 2019

MANDAR A LOS NIÑOS AL SILLÓN DE PENSAR




     ¿Se imaginan si cada vez que hacen algo que “no está bien”, “incorrecto “, les mandan a un sillón para pensar y reflexionar? Cada vez se muestra más el gran desconocimiento de la psiquis humana y el afán conciencialista que genera aislamiento, pensamiento cartesiano y represivo. Es a través del amor que el niño va renunciando a cierta cuota de narcisismo y es a través del lenguaje, que puede ir nombrando la realidad, conquistando su cuerpo y estableciendo las relaciones en ese entramado de identificaciones y afectos que nacen en el seno de la familia (celos, envidia, deseo, amor, hostilidad...) 

 Mandarlos a pensar, reflexionar ¿para qué? ¿qué tienen que reflexionar? ¿un comportamiento? Hay que hablar, ayudarlos a nombrar eso que no saben y que actúan irremediablemente en los berrinches, en ciertos comportamientos... ¡Se hacen lecturas ingenuas y se tildan todas las acciones iguales y con las mismas respuestas! ¿Dónde queda la escucha y el habla? Se genera introversión, afán de control y aislamiento. Si no hay un pensamiento científico que nos ayude a pensar la realidad psíquica, caeremos en opiniones y lecturas ingenuas. Por ejemplo, familia donde nace un nuevo hermanito y el niño que antes era el rey de la casa, comienza a hacer trastadas. La última, esconder la ropa del bebé mientras lo bañan. No es cuestión de pensar lo que ha hecho, sino ayudarle a elaborar los celos que aparecen generando su comportamiento. Mandar a pensar es construir un mundo interior, donde se crece en el narcisismo, en el hablar con uno mismo y se entra en un pensamiento obsesivo. Como no cambiemos nuestras formas de pensar la educación, nos haremos autistas, cada uno en su burbuja arreglándoselas como pueda.

    La educación no es sin palabras, con amor. Y pensar no es del orden de la introspección, sino de hablar. Cuando uno habla es que sabe cómo piensa. Pronunciando palabras, dejarse sorprender de lo que éstas dicen entre sí. Pensar es del orden de hablar, de salir de uno mismo, y cursa de forma inconsciente. El sillón, mejor para sentarse y hablar con otro ser humano.

Laura López, Psicoanalista Grupo Cero
Telf.: 610 86 53 55
www.lauralopezgarcia.com

jueves, 15 de agosto de 2019

UNA PREMONICIÓN ONÍRICA CUMPLIDA



   La señora de B., una excelente persona dotada además de agudo sentido crítico,
me refiere sin conexión aparente con el resto de la conversación y sin ninguna segunda
intención, que en cierta oportunidad, hace ya algunos años, soñó que se encontraba con
su amigo y antiguo médico de cabecera, el doctor K., en plena Kärntnerstraße, ante la
tienda de Hies. A la mañana siguiente, pasando por esa calle, se encuentra efectivamente
con dicha persona en el mismo lugar que en el sueño. He aquí el tema del sucedido. Sólo
agregaré que ningún hecho ulterior vino a revelar eI significado de esta coincidencia
milagrosa, o sea que la misma no puede ser explicada por nada ocurrido en el futuro.

    El análisis del sueño es facilitado por el interrogatorio, que establece la
imposibilidad de demostrar que haya tenido el menor recuerdo del sueño antes de su
paseo, es decir, durante la mañana siguiente a la noche en la cual lo soñó. Tal
demostración consistiría, por ejemplo, en haber anotado o comunicado a alguien el
sueño antes de que se cumpliera su premonición. Por el contrario, la señora en cuestión
debe aceptar sin reparos la siguiente sucesión de los hechos, que considero la más
probable. Una mañana se pasea por la Kärntnerstraße y se encuentra con su viejo médico
de familia ante la tienda de Hies. AL verlo, se siente convencida de que la noche anterior
ha soñado con ese preciso encuentro en ese mismo lugar. De acuerdo con las reglas
vigentes para la interpretación de los síntomas neuróticos, tal convicción debe
considerarse como justificada. Su contenido, empero, requiere una interpretación.

    Entre los antecedentes de la señora de B. hay un episodio relacionado con el
doctor K. Siendo aún joven, fue casada sin su pleno consentimiento con un hombre de
cierta edad, pero adinerado, el cual pocos años después perdió su fortuna, enfermó de
tuberculosis y murió. Durante varios años, la joven esposa tuvo que mantenerse a sí
misma y a su marido enfermo dando clases de música. Con todo, halló amigos en su
infortunio, uno de los cuales fue su médico de familia, el doctor K., que se dedicó a la
asistencia del marido y la vinculó a ella con sus primeros alumnos. Otro amigo era un
abogado, por coincidencia también un doctor K., que puso algún orden en las caóticas
finanzas del comerciante arruinado, pero al mismo tiempo cortejó a la joven mujer y
también despertó en ella la pasión por primera y última vez. Este amorío no llegó a
hacerla realmente feliz, pues los escrúpulos creados por su educación y por su
mentalidad le impidieron abandonarse a su pasión mientras estaba casada, y también
más tarde, cuando ya era viuda. En la misma ocasión en la cual me narró el sueño, la
señora de B. refirió asimismo una ocurrencia real de ese período desgraciado de su vida,
ocurrencia que, en su opinión, encierra también una notable coincidencia. Hallábase en
su cuarto, arrodillada en el suelo, con la cabeza reclinada en un sillón, y sollozaba presa
de apasionado anhelo por su amigo y protector, el abogado, cuando en ese mismo
momento se abrió la puerta, al venir éste a visitarla. Nada de extraño vemos en tal
coincidencia, si consideramos cuán frecuentemente ella pensaba en él y cuán a menudo
éste le habrá visitado. Además, casualidades como ésta, que parecen preconcertadas, se
encuentran en todas las historias amorosas. Sin embargo, esta coincidencia quizá
represente el verdadero contenido de su sueño y el único fundamento de su convicción
de que aquél llegó a cumplirse.

    Entre dicha escena, en la cual se cumple un deseo, y este sueño median más de
veinticinco años. En el ínterin, la señora de B. llegó a enviudar de un segundo marido,
que le dejó un hijo y cierta fortuna. El afecto de la anciana señora sigue dedicado a aquel
doctor K., que es ahora su consejero y administrador de sus bienes, y a quien suele ver a
menudo. Supongamos que durante los días anteriores al sueño esperó una visita de él,
pero que ésta no haya tenido lugar, pues el antiguo cortejante ya no se muestra, ni
mucho menos, tan asiduo. Es posible entonces que durante la noche haya tenido un
sueño nostálgico que la transportó a los tiempos idos. Su sueño se refirió con toda
probabilidad a una cita de la época de su pasión, y la cadena de las ideas oníricas
conduce hacia aquella ocasión, en la cual, sin ningún concierto previo, él Ilegó
precisamente en el momento en que más lo anhelaba. Es probable que actualmente tenga
a menudo sueños de esta especie; forman parte del castigo diferido con el cual la mujer
paga su crueldad juvenil. Tales sueños, sin embargo, siendo derivados de una corriente
coartada de ideas y plenos de reminiscencias a aquellas citas que ya no gusta recordar
después de su segundo matrimonio, son eliminados apenas se halla despierta.

    Posiblemente esto haya ocurrido también con nuestro sueño pretendidamente profético.
Luego sale de paseo, y en un punto de la Kärntnerstraße, que en sí mismo no tiene
importancia, se encuentra con su viejo médico de familia, el doctor K., a quien no ha
visto desde hace tiempo. Este se halla íntimamente vinculado a las excitaciones de aquel
período feliz y desgraciado a un tiempo, pues también él fue un protector, y podemos
aceptar que en sus pensamientos, quizá también en sus sueños, ella lo use como un
personaje encubridor, tras el cual oculta la figura más amada del otro doctor K. Este
encuentro reanima entonces su recuerdo del sueño. Ella tiene que haber pensado: «Es
cierto: anoche he soñado en mi cita con el doctor K.» Pero este recuerdo debe sufrir la
misma deformación a la cual el sueño sólo pudo escapar merced a que ni siquiera fue
recordado. En lugar del amado K. coloca al K. indiferente, que es quien le ha recordado
el sueño; el contenido mismo del sueño -la cita- se transfiere a la convicción de haber
soñado precisamente con ese lugar, pues una cita consiste en que dos personas acudan a
un tiempo a un mismo lugar. Si en tal caso surge la impresión de que una premonición
onírica ha Ilegado a cumplirse, ello sólo significa la reactivación de su recuerdo de
aquella escena en la cual había anhelado, sollozando, su presencia, y tal anhelo
inmediatamente se había cumplido.

    Así, la creación de un sueño después del suceso al cual se refiere, como único
mecanismo que posibilita los sueños proféticos, no es sino una forma más de la censura
que permite al sueño la irrupción a la consciencia.

Sigmund Freud , 10 de noviembre de 1899.