jueves, 18 de julio de 2019

EN EL LUGAR DE TRABAJO, MEJOR NO SALIR DEL ARMARIO


   

   La sexualidad empresarial tiene que ver con el entramado de las posiciones afectivo-sexuales, esto es, psíquicas, que diferencian los modos de relacionarse entre los compañeros, los superiores, los clientes, la forma de organización interna, lo que se muestra, lo que se oculta, y al fin y al cabo lo que hace que una organización tenga esa seña de identidad, esa idiosincracia.

   Cuando vamos a un establecimiento todos captamos de una forma inconsciente ciertos modus operandi que señalan desvíos en una sexualidad óptima empresarial. Si no estamos atravesados por la teoría psicoanalítica es difícil descentrarse de lo afectivo y hacer esa lectura científica de la realidad de ese establecimiento. Hay una apariencia y una latencia, que habla de esa sexualidad empresarial que hace que se lleven a cabo ciertos comportamientos, actitudes, circunstancias que convocan al buen desarrollo del trabajo, o a desvíos que producen un rechazo y una resistencia tanto en los trabajadores como en los clientes.

   En el lugar de trabajo, mejor no salir del armario. Hay cuestiones que forman parte de lo privado de la organización empresarial y que el cliente no se tiene por qué enterar. Los turnos, lo que a cada uno le toca hacer, lo que ha pasado con el cliente anterior, si toma vacaciones un trabajador en una fecha o en otra, el lugar donde tiene que ir ahora...se hablan en privado, no delante de los clientes o de otro departamento. No hay que airear cuestiones personales o que tienen que ver con cómo se tienen que organizar en el día a día. Hay que reservar un espacio y un tiempo para poder estructurar y resolver lo que los demás no tienen que ver.

    Lo privado no tiene que exhibirse en público. Produce rechazo, malestar o una cuestión vouyerista, donde se entra en el chismorreo y se dejan de seguir las líneas directivas del trabajo. Hay que incluir la diferencia también en el puesto de trabajo, tanto en el nivel organizativo como con los clientes.



SUPERVISIÓN DE UN CENTRO DE ESTÉTICA



    Pide supervisión la dueña de un centro de estética. Lleva trabajando en la zona más de doce años y, aunque hace más de cinco años que tuvo que aumentar la plantilla (pasó de dos trabajadoras a cuatro), ahora se queja de que la clientela ha bajado y no sabe cómo redirigir el negocio.
    
   Tras una auditoría emocional, se detectó una falta de inclusión de la diferencia en las situaciones frente al cliente y en el centro del trabajo. Tras el saludo inicial, y el primer contacto, hablaban delante de los clientes cuándo le tocaba a cada una, qué tratamiento tenían que hacer, si habían ido a por cambio, qué turno tenían la semana que viene...

    Todo el trabajo inicial de saludo y acercamiento al cliente sufría una fisura en el transcurso de su permanencia allí. Seguían hablando en presencia de los clientes sus cuestiones de organización en el día e, incluso entraban en las cabinas buscando toallas, quitaesmaltes...haciendo como si el cliente no estuviera. En lugar de trabajar en dirección al cliente, lo hacían conforme a la organización interna, descuidando así la privacidad necesaria para que las personas no se sintieran incómodas y mal atendidas. Aunque el servicio era muy bueno y el trato personal también (por eso no entendían lo que pasaba), en esa ausencia de privacidad generaban desconfianza y falta de atención. Dar de más, exhibir, es perjudicial para las relaciones.

     En las entrevistas con la dueña del centro de estética se pudieron ir elaborando ciertas cuestiones referentes a su manera de pensar la organización. Tras un lapsus en el que en lugar de “empleadas” dijo “hermanas”, se pudo ir reconstruyendo su historia de deseos a través de las interpretaciones. Su madre, divorciada, siempre se había quejado de la falta de confianza de su marido, su falta de “transparencia”. La mujer, que había adolecido durante casi toda su vida de un problema de “nervios”, le insistía a ella y a sus hermanas que siempre había que ir con la verdad por delante. No toleraba que le mintieran, y cuando alguna vez lo habían hecho, les administraba severos castigos.

     Recuerda una escena infantil en la que sus hermanas y ella se encontraban en el cuarto de la menor, y se contaban un secreto de niñas. Entró su madre sin llamar y se enfadó por ocultarle las cosas, diciéndoles que eso era de mala educación. Desde entonces había crecido con esa frase, donde todo lo oculto era de mala educación. La cuestión con lo oculto y la transparencia se mezclaban en ella de una manera infantil, donde su relación con los demás (empleados, clientes, amigos, parejas...) se basaba en este conflicto interno inconsciente.

    Tras una serie de sesiones y las interpretaciones acontecidas en el seno de la supervisión, pudo ir transformando esa forma de relacionarse, llegando a establecer unas líneas claras y concretas en su negocio basadas en la conveniencia del establecimiento de unos límites y la privacidad de la organización interna frente al cliente. Ahora, tras las directrices de la dueña, cuando tenían que hablar de algún asunto, disponían de una habitación privada donde poder hacerlo. Comenzaron a quedar media hora antes y a organizar sus citas y puestos.

     Con los clientes se fue desarrollando un trato mucho mejor, incluyendo la diferencia y a la vez estableciendo un muy buen clima laboral, donde hacían partícipes de la armonía y la conversación a las personas que esperaban su cita.

Laura López, Psicoanalista Grupo Cero

martes, 16 de julio de 2019

NO AGUANTO A LA FAMILIA DE MI PAREJA





   Sigmund Freud hablaba del narcisismo de las pequeñas diferencias, donde precisamente las diferencias con nuestros semejantes producen en los seres humanos hostilidad. Somos muy narcisistas, nos cuesta dejarnos transformar por lo nuevo, por nuevas relaciones, nuevos pensamientos.
   
    Con las parejas, esto también ocurre, de forma que siempre hay rencillas entre familias. Aunque aparentemente no suceda, inconscientemente anida esta cuestión con el narcisismo. Es el narcisismo de las pequeñas diferencias, donde hay una “pugna” por ensalzar la familia de donde uno proviene y lo que es diferente, es rechazado. Por ejemplo, hay frases que hablan de esto de una manera más solapada, como cuando se dice “esto no me parece normal”. Habría que añadir “no me parece normal según de la familia de donde vengo, cómo me han educado. Lo mío es mejor. “
     
    Vemos cómo generar una familia propia, dejando atrás las familias de las que uno procede, es harto complejo para el ser humano. Recordemos que una de las mayores rasgaduras para el ser humano es abandonar su familia de origen para incluirse en el mundo. Y con esto no estamos hablando de una distancia física, porque podemos estar a mil kilómetros de nuestros primeros familiares pero seguir anidando en sus frases, en sus modos de pensar y hacer. Es algo que cursa de forma inconsciente, donde lo vemos por los efectos en la realidad.

     El amor conlleva una transformación, producir algo que no estaba. Y vemos que muchos de los conflictos que suceden en la pareja es por querer imponer el modelo familiar de donde se proviene. Es una imposibilidad, porque somos personas diferentes, con deseos y necesidades distintas. Es como si se quisiera repetir una historia anterior, porque uno de los lugares donde aprendemos a amar es en la familia. Pero sería una pobreza para el ser humano, no habría civilización si no se diera el paso para establecer otro tipo de relaciones.

    Hemos visto cómo es inevitable que exista esta hostilidad hacia lo diferente, pero la cuestión es la manera en que renunciemos a ello. Si podemos pensar que esto es normal que suceda y no caemos en la afectividad del momento, podremos llevarlo mejor. El sentido del humor y el diálogo son muy importantes.

     Cuando hay conflictos entre las familias políticas y los miembros de la pareja incluso se posicionan y se instala como un problema en la relación, tendríamos que sospechar que aún en esa pareja no se ha forjado una nueva familia, sino que siguen en las familias de origen, inconscientemente, y luchando por imponer su modelo. Si pueden elaborar su familia, también podrán poner límites a las de donde vienen, pero muestran esa imposibilidad a través de los familiares
También es cierto que hay miembros de la pareja que no aceptan que el otro provenga de donde proviene, y hay un rechazo enérgico a que haya contacto. Es como si se quisiera tragar al otro. Es importante esta cuestión, porque cuando dos personas siempre están de acuerdo, tiene más que ver con el sometimiento que con la proximidad o semejanza.

    Hay una cuestión de la que nunca se habla pero que es un foco importante de conflictos entre familias. Tiene que ver con los deseos sexuales. Hay deseos que caen del orden de lo prohibido en las primeras figuras familiares y, por ende en las políticas. Todos conocemos los tabús y de cómo hay leyes establecidas de prohibición entre los miembros más cercanos de las familias desde la antigüedad. Pues bien, lo prohibido es indicativo de una tendencia en el ser humano a realizarlo, reprimida ya por la educación. Ahora es impensable ciertos acercamientos con familiares, pero en la antigüedad, hubo de imponer una ley para no llevarse a cabo y poder entrar en la civilización. Pero este deseo no desaparece, sino que permanece en calidad de reprimido, inconsciente.

     Estos deseos son la fuente de nuestro psiquismo, el alternador de nuestra energía, pero que, en ocasiones, por un complejo mecanismo psíquico, donde nuestra moral no tolera eso que somos, podemos llegar a situaciones y manifestaciones extrañas a nosotros mismos. Como ejemplo de esto, Freud relata una paciente de unos cincuenta años que acudió a su consulta con su yerno y que versaba de celos irracionales hacia su marido, un hombre con el que llevaba décadas y que consideraba que era un matrimonio muy feliz. Había ocurrido un episodio con una criada joven, la cual le envió una nota anónima (hasta que descubrió que fue ella), acusando a otra muchacha de ser infiel con el marido de la señora, y que trabajaba en la fábrica del marido. Le profesaba sentimientos de envidia. Aunque no correspondía con la realidad la acusación, la señora entraba en angustia y los celos se apoderaban de ella. Tras el análisis se pudo reconstruir que en realidad esta señora adolecía de forma inconsciente de deseos hacia su yerno, pero como para ella era un horror tan siquiera sentirlos, transformaba ese deseo en ternura hacia él, y hacia su marido había proyectado sus propios deseos, de manera que se expiaba su “culpa”. Si su marido había estado con una mujer más joven, de alguna manera a ella también le era justificable inconscientemente desear a un joven. Era como un deseo realizado, disfrazado, por la conciencia.

    La figuras de los suegros, las suegras, caen en ese lugar familiar de primeros amores (los padres), por lo que muchas de las tensiones con los mismos tienen más que ver con deseos irreconocibles ¿No le parece extraño que no se puedan llegar a acuerdos con personas adultas? Con los cuñados y cuñadas también pasa lo mismo, entran en ese orden de lo prohibido y fuertes tensiones y trifulcas pueden tener más que ver con deseos no tolerados.

    También hay otras cuestiones en juego, donde la relación de los padres con los hijos es de tal magnitud, que hay una imposibilidad para generar un nuevo lazo con el partener. Así, hay madres que tratan a sus hijos como niños pequeños, o como su gran amor, como si de una pareja se tratase, y estos se dejan hacer, eclipsando la figura de la mujer. También ocurre con las hijas. Esto muestra una inmadurez en la pareja, donde se hace imposible el viraje hacia las nuevas relaciones.


    También puede ocurrir lo contrario, es decir, siempre está la frase de no soporto a mi suegra, los chistes acerca de ella, porque hablan de la realidad anteriormente descrita. ¿Pero qué ocurre cuando la pareja de uno de los miembros no permite o no acepta la familia de donde viene su partener? Cursa como un sometimiento, donde nada le parece bien, hay un afán de control, donde no se permite “compartir” ese cariño con los familiares, cuando están en otro plano. Es otra de las formas de no aceptar la diferencia, negar de dónde viene la otra persona.

     Hay que revisar la forma en que amamos y cómo se manifiesta en los conflictos con los familiares. Más allá de la familia política que “te toque” las relaciones se transforman. Y no olvides todas estas cuestiones que hemos expuesto. Cuando no se puede dialogar ni llegar a acuerdos tiene que ver con cuestiones reprimidas y parte, sobre todo, de la pareja. Cuando una pareja pueden hablar e ir llegando a acuerdos para formar su propia familia, no importa de dónde vengan. Si hay conflictos familiares que repercuten en esa pareja o nueva familia, habría que pensar que no son las familias políticas, son los propios miembros de ese núcleo familiar que tienen cuestiones en las que están anclados. Y éstas, son inconscientes, es decir susceptibles de transformar a través del Psicoanálisis.

Laura López, Psicoanalista Grupo Cero y Psicóloga colegiada
Telf,: 610 86 53 55 / 951 21 70 06




lunes, 8 de julio de 2019

LA COMUNICACIÓN EN LA PAREJA TIENE QUE VER CON HABLAR LO MÁS CONVENIENTE, Y SIEMPRE ESTÁ GENERADO POR LOS PROCESOS INCONSCIENTES



   La comunicación en la pareja es uno de los problemas más frecuentes por los que se acude a terapia. Hablar no es tan fácil, porque no es la mera pronunciación de palabras. Para una buena comunicación hemos de tener en cuenta qué digo, para qué y a quien. También una cosa es lo que digo, digamos el discurso manifiesto, y otra lo que se esconde con eso que digo, que es lo latente. De esta manera, conversaciones aparentemente superficiales hablan de otras cuestiones de fondo que no pueden salir a la luz.
   
  ¿No les pasó alguna vez que, empecinados en algo superfluo, se ha despertado una tormenta emocional? Esto tiene que ver con que en realidad estaban implicados otros aspectos. ¿Y qué es lo que está implicado y que no se puede hablar? No es del orden de la conciencia, de algo que esté “tapado” y que no se quiera decir. Tiene que ver con lo que nos sobredetermina, los pilares de nuestro ser humano. Por ejemplo, nuestras estelas infantiles familiares, que en las relaciones actuales se ponen en juego. Así, puedo estar discutiendo con mi pareja y estar en posición de demanda, como si fuese aquel niño o niña con mi mamá. Las relaciones actuales son una sustitución de las primeras y hay formas de relacionarnos que tienen más que ver con posiciones infantiles que adultas, que ya requieren de pactos, postergar la inmediatez, alcanzar una madurez donde se incluyan las diferencias.
   
  Es importante también que la pareja no es alguien a quien hay que contarle todo y de cualquier forma. A veces está más el ánimo de molestar que hacer lo más conveniente para la relación. Por ejemplo, contar detalles de lo que hago con otras personas y los sentimientos que me afloran, como si de un confesor se tratase, puede producir que se llene de fantasías y teja situaciones donde los celos le nublen. Tengamos en cuenta que la gama de afectos está en todos nosotros y la otra persona no es tu mamá a la que le contabas todo. Las relaciones adultas son más del orden de lo conveniente.
    
   La conversaciones son un motor para producir deseos, pero claro, si le relato lo que he hecho en el día como si fuese una agenda, no estoy implicado, no me juego en el factor sorpresa. Es como si tuviese miedo de lo que las palabras puedan llegar a decirse entre sí. Hablar tiene que ver con dejarse hablar, que siempre se va a producir algo que no había planeado. Se goza cuando me veo sorprendido con las frases. Las conversaciones no se pueden prever como tampoco puedo saber lo que la otra persona va a responder. En ocasiones, es como si se pusieran vallas de contención, temiendo lo que soy pero desconozco ser.

  Si no pones palabras con el otro te estás comunicando contigo mismo. Pero muchas veces, también se habla con uno mismo cuando no está la escucha y lo que importa es realizar el monólogo. Es un pensamiento anterior la razón. En Descartes, era pienso luego estoy, pero desde el pensamiento psicoanalítico es pienso donde no soy. En la comunicación en pareja a veces se está en el pensamiento de Descartes, donde se cree que es del orden de la razón, de quién lleva la razón. Y luchan racionalistas, empecinados, en cuál es la verdad. La verdad es que se construye cada vez en las conversaciones, tolerando que la otra persona no tiene que pensar como yo pienso, ni es una lucha de poder en quien impone de la familia de donde proviene. Y esto lo veremos más adelante.

   Hay quien se queda estancado en frases, en el rencor del pasado, y parece que no ha pasado el tiempo. Siguen sentados en las palabras anteriores que son del orden de lo que uno ha interpretado. Cuando algo afecta es porque ya se está afectado y la mayoría de las veces no tiene tanto que ver con las frases, sino lo que se piensa de ciertas cuestiones que en esa interpretación, explota. Mejor hablar para no permanecer en el rencor. La comunicación también tiene que ver con deshacer, a través de las palabras, afectos enquistados.

   Comunicar, hablar, tampoco es acusar al otro. Hay quien no puede llegar a un acuerdo con nada, sino que se mantiene en una posición infantil donde el “tú has hecho tal o cual” se instala como acusación y se toma parte en la implicación de cada uno ni se puede transformar en nada las situaciones, porque lo único que se consigue es mantenerse a la defensiva ante el próximo ataque.

   Como vemos, la comunicación no es algo tan sencillo, porque también requiere de poder entregarse a las conversaciones, escuchar, poder dejar los afectos a un lado para que las palabras puedan actuar, ser los pasos venideros para el acercamiento. No es sin palabras que el amor puede construirse, son el puente para el futuro.

                                                              Laura López, Psicoanalista Grupo Cero y Terapeuta de Parejas
                                                                                          www.lauralopezgarcia.com 



lunes, 1 de julio de 2019

SOBRE UN CASO DE CELOS


    Un joven oficial del ejército aprovechó una licencia para venir a mi casa y encargarme de someter a tratamiento a su suegra, la cual, a pesar de vivir en condiciones felicísimas, envenenaba su existencia y la de todos los suyos con una absurda obsesión.

    Cuando la enferma acudió a mi consulta, vi que se trataba de una señora de cincuenta y tres años, muy bien conservada, amable y sencilla. Sin hacerse rogar me relató la historia siguiente: Vive en el campo con su marido, director de una gran fábrica. Su vida conyugal ha sido felicísima, y nunca ha tenido nada que reprochar a su esposo, que la colma de cariñosas atenciones. Se casaron por amor hace treinta años, y desde el día de la boda ni una sola discordia ni un solo motivo de celos han venido a perturbar la paz del matrimonio. Sus dos hijos se han casado a completa satisfacción de todos, y su marido, queriendo cumplir hasta el fin sus deberes de padre de familia, no ha consentido todavíaen retirarse de los negocios.

     Pero hace un año se produjo un hecho incomprensible, que ella misma no acierta a explicarse. Habiendo recibido una carta anónima que acusaba a su marido de mantener relaciones amorosas con una joven, un incoercible impulso interior la llevó a prestar fe a aquella calumnia, y desde que recibió el anónimo ha visto desvanecerse toda su apacible felicidad. Las circunstancias que rodearon la recepción de la calumniosa denuncia fueron las siguientes: Una criada, a la que la señora de que tratamos admitía con exceso en su intimidad, perseguía con un odio feroz a otra joven que, siendo de igual modestísimo nacimiento, había logrado crearse una posición mucho mejor, pues en lugar de entrar a servir había obtenido, tras de una rápida preparación comercial, un empleo en la fábrica. Poco después, cuando la guerra obligó a incorporarse a filas a la mayor parte del personal masculino, llegó la joven a ocupar un puesto de importancia, adquiriendo derecho a habitar en las dependencias de la fábrica y siendo tratada con toda clase de consideraciones por los jefes de la misma. Esta elevación de su antigua compañera despertó en la criada una tremenda envidia. Así las cosas, le habló un día su señora de un individuo, ya de cierta edad, al que habían invitado recientemente a comer y del que se sabía que se hallaba separado de su mujer y vivía con una querida. Nuestra enferma, sin saber a punto fijo por qué, dijo entonces a su criada que para ella no habría desgracia más terrible que averiguar que su marido la engañaba…, y al siguiente día recibió por correo la carta anónima, en que con letra contrahecha se le anunciaba la fatal noticia.

     La señora sospechó en el acto que el anónimo era obra de su perversa criada, pues la persona a la que en él se denunciaba como querida del marido no era otra que la joven empleada a la que aquélla odiaba. Pero aunque la señora adivinó en seguida la intriga y poseía bastante experiencia para saber cuán poca confianza merecen tales cobardes delaciones, no por ello dejó de experimentar una profunda impresión. Sufrió una terrible crisis de excitación y envió a buscar a su marido, al que dirigió los más amargos reproches. El marido rechazó con toda calma la acusación e hizo lo mejor que en estos casos puede hacerse. Avisó al médico de la familia y de la fábrica, y entre todos intentaron calmar a la infeliz señora.

    La actitud ulterior del matrimonio fue de una gran sensatez. La criada quedó despedida, y la presunta querida continuó en su puesto. Nuestra enferma pretende desde entonces haber recobrado por completo su tranquilidad y no creer ya en la verdad de la anónima denuncia; pero esta calma no es ni profunda ni duradera, pues le basta encontrar en la calle a la joven calumniada u oír pronunciar su nombre para ser presa de una nueva e intensa crisis de excitación.

   Tal es el historial de esta buena señora. No era necesario poseer una gran experiencia psiquiátrica para comprender que, al contrario de otros enfermos nerviosos, se hallaba más bien inclinada a atenuar su caso o, como solemos decir los neurólogos, a disimular, aunque sin conseguir jamás desvanecer su creencia en la acusación formulada en el anónimo.

   ¿Qué actitud será la del psiquiatra ante un caso de este género? Podemos suponer la que adoptaría con respecto al acto sintomático de aquellos pacientes que dejan abierta tras de sí las puertas de la sala de espera, pues sabemos que en dicho acto no vería sino un accidente desprovisto de todo interés psicológico. Pero esta actitud es insostenible ante un caso de celos morbosos. El acto sintomático puede parecernos indiferente; mas el síntoma se nos impone siempre como un fenómeno importante y de innegable trascendencia, tanto desde el punto de vista subjetivo como desde el objetivo.

     Así, en el caso que nos ocupa, no sólo trae consigo intensos sufrimientos para el paciente, sino que
amenaza destruir la felicidad de una familia. No será, pues, posible para el psiquiatra prescindir de dedicarle todo su interés, y conforme a los métodos usuales, intentará, en primer lugar, caracterizarlo por una de sus propiedades esenciales. No puede decirse que la idea que atormenta a la enferma sea absurda en sí misma. Es muy frecuente, en efecto, que hombres casados y ya de edad madura sostengan una querida joven. Pero lo que sí es absurdo es su credulidad, no teniendo, como no tiene, fuera de las afirmaciones del anónimo, motivo alguno para dudar de la fidelidad de su cariñoso marido.

     Sabe también que la anónima denuncia no merece confianza alguna, y posee clarísimos indicios de que no se trata sino de una vengativa calumnia. Dadas todas estas circunstancias, debería decirse que sus celos carecen de todo fundamento, y, en efecto, lo piensa así; pero, a pesar de ello, continúa sufriendo como si poseyese pruebas irrefutables de la traición de su marido. 

    La Psiquiatría ha convenido en calificar de delirios las ideas de este género, refractarias a los argumentos lógicos y extraídos de la más inmediata realidad. Así, pues, la buena señora sufre de celos delirantes, constituyendo ésa la característica esencial de su caso patológico.

   Tras de esta primera conclusión aumenta nuestro interés psiquiátrico. Si un delirio resiste a las pruebas extraídas de la realidad, ello debe de obedecer a que su origen es totalmente ajeno a la misma. Mas entonces, ¿cuál podrá ser su procedencia? Y siendo muy variable el contenido de los delirios, ¿por qué, en nuestro caso, se halla constituido precisamente por celos? Por último, ¿en qué persona se desarrollan tales delirios, y con especialidad el delirio de celos? Mucho nos agradaría saber lo que de todo esto piensa el psiquiatra; pero nuestra curiosidad queda por completo defraudada. De todas las interrogaciones que sobre este caso nos hemos planteado, sólo una le interesa. Investigará los antecedentes familiares del sujeto y nos dará quizá la respuesta de que los delirios se producen en aquellas personas que acusan, en sus antecedentes hereditarios, análogos trastornos u otro género cualquiera de perturbaciones psíquicas, cosa que equivale a decir que si el sujeto ha desarrollado una idea delirante, es porque poseía una predisposición hereditaria a tal enfermedad. Esta respuesta es, sin duda, interesante; pero no satisface todos nuestros deseos ni agota tampoco la motivación del presente caso patológico. No creemos poder admitir que el hecho de aparecer el delirio de celos, en lugar de otro cualquiera de distinto contenido, sea indiferente, arbitrario e inexplicable, ni tampoco que interpretando en sentido negativo el principio de la omnipotencia de las leyes hereditarias, se llegue a concluir que desde el momento en que un alma se halla predispuesta a ser presa de un delirio carecen de toda importancia los sucesos susceptibles de actuar sobre ella. 

    Extrañaréis, sin duda, que la Psiquiatría científica rehúse proporcionarnos más informaciones sobre estas materias; pero habéis de tener en cuenta que aquel que da más de lo que tiene no es un hombre honrado, y que el psiquiatra no posee medio alguno de penetrar más profundamente en la interpretación de los casos de este género, hallándose, por tanto, obligado a limitarse a formular el
diagnóstico y a establecer, a pesar de su copiosa experiencia, un pronóstico muy incierto sobre la marcha ulterior de la enfermedad.
Pero, ¿acaso puede el psicoanálisis proporcionarnos una más amplia explicación?Ciertamente, y espero poder demostraros que incluso en un caso tan difícilmente accesible como el que nos ocupa es nuestra disciplina capaz de descubrir datos susceptibles de hacernos llegar a su inteligencia. Recordad, ante todo, el hecho, insignificante en apariencia, de que, en realidad. ha sido la misma paciente la que ha provocado la redacción del anónimo, punto de partida de su delirio, pues advirtió el día antes a la joven intrigante que su mayor desgracia sería saber que su marido tenía una querida. 

    Diciendo esto, hizo surgir, indudablemente, por vez primera en la imaginación de la criada la idea del anónimo. El delirio se hace así, hasta cierto punto, independiente de la carta, y ha debido existir anteriormente en la enferma a titulo de temor o quizá de deseo. Añadid a esto los siguientes pequeños indicios que nos fue dado descubrir después de dos horas de análisis: la paciente se encontraba muy poco dispuesta a obedecer cuando al terminar el relato de su historia le rogué que me participase otras
ideas y recuerdos que pudieran hallarse relacionados con ella. Pretendía no tener nada más que decir, y al cabo de dos horas hubo necesidad de poner fin al análisis, puesto que la paciente declaraba sentirse completamente bien y estar segura de haberse desembarazado para siempre de su patológica idea, declaración que le fue dictada, indudablemente por el temor de verme proseguir el análisis. Sin embargo, durante dichas dos horas hubo de dejar escapar algunas observaciones que autorizaban y hasta imponían una determinada interpretación, mediante la cual quedaba claramente definida la génesis de su idea delirante. 
    La paciente escondía un intenso amor hacia un joven - aquel su yerno a cuya instancia había acudido a mi consulta -; pero no se daba perfecta cuenta de este sentimiento, pues, además de que apenas era consciente en ella, los lazos de parentesco que la unían al amado hicieron que su pasión amorosa no encontrase grandes dificultades para revestir el disfraz de una lícita ternura familiar. Dada la experiencia que sobre las situaciones de este género hemos adquirido en la práctica psicoanalítica, podemos penetrar sin dificultad en la vida psíquica de esta honrada mujer y excelente madre de familia. El amor que su yerno le había inspirado era demasiado monstruoso e imposible para poder abrirse camino hasta su consciencia; pero manteniéndose en estado inconsciente, ejercía sobre su vida psíquica una intensa presión. 

    Necesitaba, pues, hallar un exutorio, y lo encontró, en efecto, utilizando el mecanismo de desplazamiento, proceso que participa siempre en la génesis de los celos delirantes. Si su marido incurriese a su vez en la gravísima falta de enamorarse de alguien mucho más joven que él, se vería ella libre del remordimiento y de su infidelidad. Esta idea fija era para la señora como un bálsamo calmante aplicado sobre una ardiente llaga. Su propia pasión no había llegado a abrirse paso hasta su consciencia; pero, en cambio, el desplazamiento de la misma sobre su marido, proceso que tan gran alivio le proporcionaba, sí llegó a hacerse consciente, e incluso en una forma obsesiva y delirante. De este modo, todos los argumentos que contra la idea fija pudieron oponerse tenían que ser necesariamente baldíos, pues no se dirigían contra el verdadero estado de cosas, sino contra su imagen refleja, a la cual comunicaba aquél toda su energía, permaneciendo oculto e inatacable en lo inconsciente.

    Recapitulemos los datos que hemos podido obtener por medio de este breve y difícil esfuerzo psicoanalítico y que nos permitirán quizá llegar a la comprensión del caso patológico que hubo de motivarlo, suponiendo, naturalmente, que hayamos procedido con acierto en su análisis, cosa de la que no podéis vosotros ser jueces. 
   
    Primer dato: el delirio no es ya algo absurdo e incomprensible, sino que presenta un sentido y se
halla bien motivado, formando parte de un suceso afectivo sobrevenido en la vida del paciente.         Segundo dato: esta idea delirante corresponde a la necesaria reacción a un proceso psíquico inconsciente que determinados indicios nos han hecho posible descubrir, y debe precisamente a una tal conexión con dicho proceso su carácter delirante y su resistencia a todos los argumentos proporcionados por la lógica y la realidad, llegando incluso a constituir algo deseado por el sujeto, como una especie de consuelo y alivio. 
Tercer dato: si la víspera de recibir el anónimo hizo la señora a su criada la confidencia que ya conocéis, es incontestable que la impulsó a ello el secreto sentimiento que hacia su yerno alimentaba, sentimiento que forma algo como el segundo término de su enfermedad. Vemos, por tanto, que este caso presenta, con el acto sintomático anteriormente analizado, importantes analogías en lo que se refiere al esclarecimiento del sentido o intención y a las relaciones con un inconsciente daño en la
situación.

   Claro es que con eso no hemos resuelto todas las interrogaciones que podemos plantearnos a propósito de este caso, pues son muchos los problemas que entraña. Algunos de ellos no tienen aún solución posible, y otros no han podido ser resueltos por las circunstancias harto desfavorables en que el análisis hubo de realizarse. 

   Así, podemos preguntarnos todavía por qué una mujer tan feliz en su matrimonio llega a enamorarse de su yerno y por qué el exutorio necesario a este sentimiento reprimido toma, en lugar de otra forma cualquiera, la de un reflejo o una proyección de su propio estado sobre su marido. Contra lo que pudiéramos creer, no son estas interrogaciones ociosas y arbitrarias, e incluso poseemos ya algunos datos que hacen posible una respuesta. 
    En primer lugar, nuestra enferma se encuentra en la edad crítica, la cual trae consigo una súbita e indeseada exaltación de la necesidad sexual. Este hecho podría, en rigor, bastar para explicar todo el resto. Pero también es posible que el excelente y fiel marido no se hallase ya desde hace algunos años en posesión de una potencia sexual proporcionada a las necesidades de su mujer, mejor conservada. Sabemos por experiencia que estos maridos, cuya fidelidad no tiene necesidad de ninguna otra explicación, se distinguen precisamente por el tierno cariño que muestran a sus mujeres  y por una indulgencia poco común con respecto a los trastornos nerviosos de las mismas. 

   Por último, puede también no ser indiferente que el amor patológico de esta señora haya venido a recaer precisamente sobre el joven marido de su hija. Una intensa pasión erótica de una madre hacia su hija, sentimiento que podría reducirse, en último análisis, a la constitución sexual de la primera, halla a veces en tales transformaciones el medio de continuar subsistiendo. A este propósito habré de recordaros que las relaciones eróticas entre suegra y yerno han sido siempre consideradas como particularmente abyectas y eran objeto en los pueblos primitivos de un rigurosísimo tabú. Mas a pesar de esto, suelen superar, manifestándose ora en sentido positivo, ora en el negativo, la medida socialmente deseable. No habiendo conseguido realizar un completo análisis de este caso, no puedo indicaros ahora cuál de los factores antes detallados intervino en la génesis del mismo, ni tampoco si actuaron dos de ellos o todos tres conjuntamente.

Sigmund Freud, TEORÍA GENERAL DE LAS NEUROSIS 1916-7 [1917]
LECCIÓN XVI. PSICOANÁLISIS Y PSIQUIATRÍA