CÓMO SE CONSTRUYE NUESTRA MANERA DE AMAR
Desde el momento en que nacemos, ingresamos en una red de relaciones y significados que nos anteceden. Se trata de lo que el psicoanálisis denomina deuda simbólica: llegamos a un mundo ya construido, con instituciones, servicios, conocimientos y personas que han trabajado —y continúan haciéndolo— para que la vida sea posible y habitable. Esa deuda no está destinada a saldarse exclusivamente con los padres, quienes nos dieron la vida, sino que forma parte de una cadena humana y social. Se responde a ella participando, trabajando y contribuyendo al progreso colectivo. Cuando esto no ocurre, suele aparecer la culpa.
Sin embargo, no todas las personas logran realizar este pasaje. Algunas quedan fijadas al amor familiar, sin poder separarse ni adaptarse a nuevas formas de convivencia o a modelos distintos de los que conocieron en su infancia. Este tránsito hacia otros vínculos no es automático ni universal; requiere un trabajo psíquico que no todos consiguen llevar a cabo.
El psicoanálisis permite comprender cómo muchas manifestaciones neuróticas actuales se relacionan con el desarrollo afectivo-sexual infantil, no tanto referido al pasado, sino a la actualidad, aspectos y tendencias que no son adecuadas, que impiden gestionar las relaciones, pero de las que se padece. Los primeros objetos de amor suelen ser los padres, los hermanos y el entorno más cercano; los vínculos posteriores funcionan, en gran medida, como sustituciones de esas primeras experiencias. En este sentido, el sujeto se encuentra atravesado por una división interna que condiciona su manera de amar. En el inconscientes perviven huellas y modos que nos hacen reaccionar de una manera y no de otra.
Durante la infancia se va configurando nuestra estructura psíquica a partir de las vivencias, pero especialmente de la forma en que respondemos a ellas y a los procesos evolutivos. En algunos casos, se produce una fijación a etapas tempranas, y ciertos acontecimientos posteriores resignifican esas experiencias iniciales. Esto puede convertirse en una forma rígida de resolución, marcada por cierta inmadurez. Para avanzar en el desarrollo, es necesario contar con nuevos modelos de identificación: los ideales caen y deben caer para que se generen cambios, transformaciones necesarias para la relación con el mundo.
Tomar decisiones implica considerar los vínculos con los demás, no sólo los familiares. Cuando el mundo se reduce únicamente al ámbito familiar, se limita la posibilidad de crecimiento. Aceptar la transformación de las relaciones puede generar conflictos, angustia y contradicciones. Aparecen sentimientos ambivalentes: odio y dependencia, rebeldía aparente que encubre la dificultad de separarse, de volar, de transformarse y de vincularse de otras maneras. El sujeto queda estancado, sin poder avanzar.
Hay leyes éticas que regulan los vínculos, y no son meras restricciones, sino condiciones necesarias para el desarrollo humano y la convivencia social. Amar a otro —hombre o mujer— exige un trabajo psíquico que permita tolerar las diferencias, evitar la rivalidad y salir del narcisismo infantil. Sin ese trabajo, se cae fácilmente en posiciones edípicas, en la ceguera de la imposibilidad y en conflictos repetitivos.
El psicoanálisis ofrece herramientas para ampliar la comprensión de nuestra forma de amar, de relacionarnos y de convivir. Nuestra vida está guiada por una posición psíquica que, en gran medida, es inconsciente. Aquello que mostramos y vivimos en la realidad expresa esa organización interna, y es precisamente ahí donde, muchas veces, se vuelve necesario intervenir para posibilitar el cambio.
Laura López, Psicóloga-Psicoanalista
www.lauralopezgarcia.com


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