AUTOLESIONES EN LA ADOLESCENCIA: CUANDO EL MALESTAR SE INSCRIBE EN EL CUERPO
Hablar de autolesiones en la adolescencia exige alejarse de generalizaciones y atender la singularidad de cada joven. No se trata simplemente de una conducta “de riesgo” o de un comportamiento disruptivo: en muchos casos, el cuerpo se convierte en el lugar donde se inscribe aquello que no logra ser dicho. Culpa, angustia, conflicto identitario, tensión interna o dificultades en la separación de los padres pueden encontrar en la piel una vía de expresión.
A lo largo de la historia, distintas culturas han incluido marcas corporales dentro de rituales de paso. Escarificaciones, pruebas físicas o prácticas como la circuncisión funcionaban como actos simbólicos que señalaban el tránsito de la infancia a la adultez y la pertenencia a una comunidad. Sin embargo, las autolesiones actuales en adolescentes presentan una diferencia fundamental: no forman parte de un rito compartido ni consolidan un lazo social. Suelen ocurrir en soledad, en secreto, y remiten a un conflicto íntimo que se tramita directamente en el cuerpo.
La adolescencia como transformación subjetiva
Más allá de los cambios hormonales y físicos, la adolescencia implica una reorganización profunda de la vida psíquica. Es un momento estructural en el que el sujeto debe:
Aceptar las transformaciones corporales y la diferencia sexual.
Asumir pérdidas inevitables ligadas al fin de la infancia.
Separarse simbólicamente de las figuras parentales.
Comenzar a construir un deseo y una identidad propios.
Desde el psicoanálisis, este proceso implica reconocer una pérdida estructural, concepto desarrollado por Sigmund Freud. Cuando esa pérdida no logra inscribirse en el plano simbólico, puede aparecer la angustia como exceso sin regulación.
Las preguntas latentes en esta etapa —“¿Quién soy?”, “¿Qué quiero?”, “¿Qué lugar tengo para el otro?”— requieren un trabajo de elaboración psíquica. Cuando este proceso se ve obstaculizado, el malestar puede desplazarse al cuerpo.
¿Qué función pueden cumplir las autolesiones?
Lejos de interpretarlas automáticamente como un intento suicida o una llamada de atención, es importante preguntarse qué función cumplen para quien las realiza. En muchos casos, pueden operar como:
Intento de aliviar la angustia: el dolor físico delimita una tensión psíquica difusa y, momentáneamente, la reduce.
Confirmación de la propia existencia: frente a sensaciones de vacío o despersonalización, el dolor puede funcionar como prueba de estar vivo.
Forma de recuperar control: ante una vivencia interna de desborde, el acto autolesivo produce una sensación transitoria de dominio.
Intento de producir una pérdida en lo real del cuerpo cuando no logra simbolizarse.
El alivio que generan suele ser inmediato pero breve, lo que favorece su repetición. Así, el acto se transforma en un recurso precario para gestionar lo que no encuentra palabras.
El contexto actual y la dificultad para tramitar
el malestar
Vivimos en una época atravesada por ideales de rendimiento, éxito constante y disfrute sin límites. A ello se suman incertidumbres económicas, dificultades de acceso a vivienda o empleo y crisis de referentes. Todo esto deja huella en la subjetividad adolescente.
El paso de la posición infantil a la inserción como sujeto social constituye uno de los tránsitos más significativos de la vida. Cuando la frustración y el malestar no pueden elaborarse, pueden aparecer síntomas. Desde esta perspectiva, la autolesión puede leerse como un síntoma, como una solución fallida frente a un conflicto.
En ocasiones también intervienen factores familiares o sociales: dificultades en los procesos de separación, dinámicas donde no hay espacio para la diferenciación, acoso escolar, vivencias de abandono, culpa o sensación de no tener un lugar para el otro. La agresividad que no se dirige hacia el exterior puede volverse contra el propio cuerpo.
No es provocación, es un mensaje
Es fundamental comprender que la autolesión no suele ser un capricho ni una manipulación. Muchos adolescentes describen sentirse desbordados, con miedo persistente, incapaces de pensar con claridad o de entender qué les ocurre. El acto aparece como una solución inmediata que localiza una angustia que, hasta ese momento, era difusa.
También es importante diferenciar las autolesiones del suicidio. Aunque pueden coexistir en algunos casos y requieren evaluación profesional, con frecuencia la autolesión cumple una función de regulación emocional, una agresividad puesta en acto.
El lugar de la familia
Ante estas situaciones, las reacciones basadas en el reproche, el castigo o la vigilancia excesiva no suelen ayudar. Tampoco la dramatización. Se trata de consultar, generar un espacio donde el adolescente pueda ser escuchado sin juicio, con un psicoanalista, favoreciendo la posibilidad de poner palabras allí donde antes había acto y recibir asesoramiento en este sentido.
El abordaje psicoanalítico
Desde el psicoanálisis, no se trata simplemente de suprimir la conducta. Si se elimina el síntoma sin comprender la función que cumple, puede dejarse al joven sin el único recurso que tenía para sostener su equilibrio.
El trabajo terapéutico apunta a que ese “corte” pueda desplazarse del cuerpo al plano simbólico. Es decir, que el adolescente pueda separarse psíquicamente de aquello que lo mantiene capturado, encontrar una orientación propia y construir un modo singular de tramitar su deseo, hasta ahora sintomatizado en angustia.
La apuesta es por la palabra y por una escucha especializada que permita elaborar pérdidas, conflictos y deseos. Cuando el joven encuentra un espacio donde hablar sin ser juzgado, el acto autolesivo puede perder progresivamente su función. Lo que antes se inscribía en la piel comienza a transformarse en relato. Es necesaria esa situación acompañamiento profesional en la constitución de su yo como social, de ayudarle a transitar, aceptar y transformar algunos aspectos de sí mismo/a.
El psicoanálisis es fundamental para su escucha y elaboración.
Laura López Psicóloga-Psicoanalista
www.lauralopezgarcia.com



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