¿POR QUÉ NOS IMPORTA TANTO LO QUE PIENSEN DE NOSOTROS/AS? EL PESO DEL JUICIO AJENO
Cualquiera puede opinar sobre cualquier cosa, tenga conocimientos o no. A veces incluso se juzga, se condena y se desacredita a los demás como una forma de descarga o como un mecanismo de defensa, proyectando sobre el otro la propia intolerancia, la frustración, la hostilidad o el malestar porque las cosas no son como quería, como esperaba, porque sus expectativas o exigencias no han sido satisfechas.
Es más fácil cuestionar al otro que a uno mismo. A través de las opiniones no hablamos sólo de los demás, sino también de nosotros/as mismos/as: de lo que no puedo y atribuyo que el otro sí, de lo que no me permito y cargo contra el otro... El otro puede llegar a convertirse en el vertedero de nuestras frustraciones.
Freud nos recuerda que el otro puede funcionar para nosotros como modelo, auxiliar, objeto o adversario. Y en ocasiones, en lugar de aprender de él, lo convertimos en un rival al que necesitamos desacreditar. ¿Qué lugar ocupa ese otro en su vida psíquica?
La convivencia, el amor y la vida en sociedad implican renuncias. No podemos imponer permanentemente nuestros deseos inmediatos ni pretender que la realidad se adapte a nuestras exigencias. Todo proceso conlleva una transformación, un ponerse en juego, abandonar ciertas posiciones para abrazar otras, incluir lo nuevo y reconocer que no somos el centro de todo.
No somos independientes a la mirada del otro, nos constituimos en relación a los demás. Necesitamos sentirnos amados, reconocidos, valorados..¿Pero a qué precio? ¿ Nos sometemos o hacemos como quien dice, de la capa un sayo? Si estamos anclados en una demanda amorosa pendientes de lo que los demás opinen, nuestra vida se deforma, cedemos a nuestro valor como humanos, a unos criterios éticos, nuestros deseos, al trabajo, al amor, que no es sin condiciones... Invertimos la demanda, terminamos siendo el esclavo del otro.
¿Por qué ciertas críticas encuentran tanto eco en nosotros? ¿Qué papel jugamos en lo que se dice? ¿Qué papel desempeñan nuestros ideales, nuestras exigencias y nuestra culpa? ¿Qué satisfacción inconsciente puede estar implicada en el autocastigo, en darle vueltas a la cabeza? Porque lo que se dice no actúa en un vacío, sino en una persona con su historia, sus conflictos, sus deseos...
Que alguien tenga derecho a expresar su opinión no significa que su interpretación sea “la verdad”. ¿Nos sentimos heridos, dañados, dejamos que nos afecte? ¿Escuchamos de una manera constructiva? ¿Nos diferenciamos del otro pudiendo enmarcar la situación con un criterio? ¿O tal vez es que ya estamos afectados y esa voz externa también corresponde a una voz interior que nos juzga y se crece frente a la otra, aprovechando ese tren?
En efecto, podemos llegar a construir una condena, con culpa y necesidad de castigo, dirigida por autorreproches, y con un masoquismo moral que nos maltrata. Nuestro superyo, ese policía interior, puede funcionar como un juez interior muy severo, que nos exige constantemente, nos reprocha nuestros errores y parece nunca estar satisfecho. Es decir, estamos atrapados en nuestros propios conflictos inconscientes, donde hay una parte de nosotros que ya se siente culpable y merecedora de castigo.
A veces no nos duele tanto que el otro piense mal de nosotros, sino que sus palabras nos enfrentan con la distancia entre lo que somos y ese ideal de perfección que nos exigimos alcanzar. Y entonces aparece la culpa, el autorreproche y el castigo
La hostilidad que no encuentra una expresión hacia fuera puede participar en la severidad con la que la persona se trata a sí misma.
Por eso, en lugar de quedarnos solamente preguntando por qué el otro nos critica podríamos preguntarnos ¿qué hago con eso que me dicen? ¿Por qué le doy tanta autoridad? ¿Por qué utilizo esas palabras para hacerme daño?
Una opinión no es una sentencia pero si hacemos como si lo fuera, convendría preguntarnos por nuestra participación en ese sojuzgamiento, porque una opinión habla de quien la formula, pero no constituye por sí misma una verdad sobre quien la recibe.
Si organizamos nuestra vida alrededor de evitar cualquier desaprobación, terminamos renunciando a nuestra vida. No se trata de dejar de escuchar, sino de aprender a diferenciar, a pensar y a transformar nuestra relación con las opiniones, establecer un criterio. Si cada crítica nos detiene, acabamos entregando a los demás la dirección de nuestra vida.
Se puede escuchar sin someternos, reconocer los errores sin destruirnos y poder seguir el camino sin necesitar que todo el mundo lo apruebe.
BOCA A BOCA
Llegaste con tus balcones de invierno
y el ballenero de tus costas con un arpón afilado
trepando por tus escollos marinos.
Las decepciones eran pétalos caídos en el valle
donde la pala cavaba en el insomnio.
Navegaste por unos minutos en una marejada
diste unas brazadas, yo asentí,
alentando tu movimiento
pero la intolerancia a transitar un nuevo océano de palabras
a deshacer las sombras que tantos años te acompañaron
te hicieron caer de nuevo en un mundo insaciable.
¡Boca a boca! te grité con la mirada
pero no quisiste...
Aquí continúa el salvavidas que te arrojé...
Lo esquivaste,
continúo aquí...
yo no puedo naufragar
tengo capitán en mi barco,
marítimo
mi diván.
Laura López Psicóloga-Psicoanalista


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