LA DIFERENCIA DE EDAD EN EL AMOR: ENTRE LOS PREJUICIOS Y LA REALIDAD EMOCIONAL
La diferencia de edad en una relación amorosa suele generar debates, críticas y opiniones encontradas. Sin embargo, ¿es realmente la edad un factor determinante para el éxito o el fracaso de una pareja?
La respuesta es más compleja de lo que parece. La diferencia de edad no es ni un impedimento ni una garantía de éxito. Lo verdaderamente importante son aspectos como la madurez emocional, la etapa vital en la que se encuentran las personas, la conexión afectiva y la capacidad de construir una relación día a día.
La edad cronológica no quiere decir nada.
Dejarnos llevar por lo aparente, lo manifiesto, es perdernos. La edad del calendario no siempre coincide con la edad psíquica. Una persona de 50 años puede mostrar comportamientos infantiles, mientras que alguien mucho más joven puede poseer una gran madurez emocional. El desarrollo psicológico no avanza al mismo ritmo que los años.
Por ello, cuando valoramos una relación sentimental, quizás deberíamos prestar menos atención a la diferencia de edad y más a aspectos como:
La complicidad.
El bienestar emocional.
La capacidad de comunicación.
El respeto mutuo.
La satisfacción que aporta la relación.
Una diferencia de edad entre los miembros de la pareja no tiene por qué indicar que hay una búsqueda de una figura paterna o materna como muchas veces se dice, aunque nuestros padres o cuidadores representan las primeras figuras de identificación e idealización. Todos hemos experimentado alguna vez enamoramientos idealizados: un profesor, una profesora o una figura de autoridad que simbolizaba protección, admiración o cuidado. Sin embargo, el amor adulto requiere ir más allá de esos modelos infantiles.El Psicoanálisis nos señala cómo El Complejo de Edipo es nuestra máquina hominizante. Hemos de renunciar a nuestro primera amor y hay un prohibición que funda nuestro aparato psíquico. En esa represión primera, se relega al inconsciente nuestro germen infantil, que permanece vivo, y que es el motor de nuestra vida, nuestro desear, que ha de tomar formas adecuadas. Nuestra modalidad de amar y desear va a estar sobredeterminada por esa posición psíquica. Sustituciones, sublimaciones...van a estar en juego en nuestra vida. El enamoramiento, esa flecha de cupido va a estar dirigida por nuestro narcisismo (lo que fuimos, somos o queremos llegar a ser) y por las figura parentales (nutricia, protector), lo cual no tiene tanto que ver con la edad sino con la posición que podamos adoptar en la relación, las dinámicas relacionales que vienen pautadas inconscientemente. Por decirlo de manera coloquial “no podemos evitarlo, pero tendemos a ello”. A amar también se aprende.
Nuestra modalidades de amar están sobredeterminadas psíquicamente y no dependen tanto de esa edad cronológica. A veces personas de edades similares tomar roles de madre-hijo, se convierten en “más familiares”, desaparece el hombre y la mujer, hay problemas con el amor y el deseo. También podemos relacionarnos con alguien que nos posicione, inconscientemente, en la modalidad de relacionarse nuestra madre o padre con nosotros o nosotras, de forma que ahora ocupe yo ese lugar, ahora invertido, con la persona que elegí, que se parece a mi yo de antes. Por eso es tan interesante el psicoanálisis, nos ayuda a producir nuestra forma saludable de amar. Antiguamente eran los poetas los que hablaban del amor. Con la producción del Psicoanálisis, el amor y el deseo son escuchados y transformados desde la escucha profesional de todas estas cuestiones inconscientes que todos/as sabemos de una forma u otra.
El amor no es algo que “sienta”, sino que se construye, no es sin palabras, ni sin hechos.
Las etapas vitales sí pueden marcar diferencias
Aunque la edad no determina el amor, las etapas vitales sí pueden generar desafíos importantes.
Cada momento de la vida suele estar acompañado de necesidades, proyectos y prioridades distintas:
El deseo o no de tener hijos.
Los proyectos profesionales.
La independencia económica.
La jubilación.
Los ritmos de vida y de ocio.
La tolerancia toma aquí un papel relevante, donde dos personas no son una, por lo que proyectos vitales pueden haber individuales y también compartidos. Va a depender de la capacidad de flexibilizar, de transformar algunos prejuicios, de crear, de llegar a acuerdos, madurar juntos, cuidar de eso que podemos llamar "sacrificar" porque va a conllevar un reverso, somos humanos.
No se trata de cuántos años separan a dos personas, sino de lo que hace que se separen. A veces es necesario obrar ciertas transformaciones para que puedan darse algunos pasos. Miedos, culpa, dificultades de soltar ciertos vínculos inconscientes... pueden estar marcando ciertos lugares en la relación.
El doble rasero social: cuando la mujer es mayor
Históricamente, las relaciones en las que el hombre era significativamente mayor que la mujer se consideraban normales porque estaban asociadas a ideas de protección, experiencia y provisión económica. La mujer estaba destinada más un papel más reproductivo, de intercambio de linajes, que de producción en lo social.
Sin embargo, cuando ocurre lo contrario y es la mujer quien tiene más edad, suelen aparecer prejuicios sociales.
Todavía hoy observamos cómo:
Un hombre poderoso con una pareja más joven suele ser aceptado socialmente.
Una mujer madura con una pareja más joven suele convertirse en objeto de críticas o escándalo.
Esta diferencia de trato revela prejuicios profundamente arraigados sobre el papel de la mujer, la sexualidad y la madurez.
Quizá la verdadera cuestión no sea cuántos años tiene una persona, sino cómo entiende la vida, cómo se entrega a ella.
La juventud no es ausencia de arrugas, sino de la capacidad de seguir interesándonos por la vida, de mantener la curiosidad, el deseo y la ilusión, sentirnos vivos. El amor no tiene edad. No son los años los que nos envejecen, sino los prejuicios.
Las diferencias de edad pueden generar conflictos familiares.
En ocasiones los padres desaprueban una relación porque consideran que la pareja es demasiado mayor o demasiado joven. Esto puede provocar dudas, culpa o conflictos internos.
Sin embargo, construir una vida propia implica aceptar que los padres han hecho su camino y que cada persona debe recorrer el suyo.
Separarse emocionalmente de los modelos familiares no significa enfrentarse a ellos ni romper vínculos. Significa asumir la propia libertad para elegir cómo vivir y con quién compartir la vida.
Podríamos preguntar si elección de pareja también esta condicionada por la relación con los padres, por seguir manteniendo la conflictividad, es decir, es dedicada a ellos. Habría que ver cada caso.
La diferencia de edad no determina el éxito ni el fracaso de una relación.
Lo verdaderamente importante es la calidad del vínculo, la madurez emocional, producir algún proyecto en común y la capacidad de construir una relación basada en el respeto, la conexión y el bienestar mutuo.
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cuántos años separan a dos personas y empezar a preguntarnos algo mucho más importante:
Lo que se critica vemos cómo también es lo que uno desea pero su moral no se lo permite. ¿Esa relación les permite vivir mejor, crecer y ser más felices? Hablemos del amor, practiquemos amar.
¿DÓNDE ESTARÁ EL AMOR?, de Miguel Oscar Menassa
¿Dónde estará el amor?
El amor. El Amor.
¿Dónde estará el amor?
Cuántas veces dibujé
la esquina
donde nunca llegaste
y te busqué
por los salones
y fui ladrón
para buscarte entre las sombras
y hubiera sido capaz de matar
si alguien me hubiese dicho
que en ese gesto te encontraba.
Fui solo y fui muchos.
Todos los cuerpos
fueron investigados
palmo a palmo.
Todas las máscaras
fueron arrasadas
para buscarte
en el centro de la verdad
y tampoco estabas.
Te busqué entre los pobres
entre las espesas capas del dolor
entre entrañas y sucios alcoholes
en el propio asco de la vida.
Después no te busqué más
encontré otras palabras.
Laura López Psicóloga-Psicoanalista – Terapia de parejas y sexualidad


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